
Se tiende a considerar El gabinete del doctor Caligari (1919) como la primera obra expresionista en el panorama fílmico alemán. Pero haciendo un ejercicio de análisis es justo reconocer el uso del claroscuro en ciertas obras precursoras de dicha película.
En 1913, con la película El estudiante de Praga, los alemanes reconocen al cine como el médium por excelencia de la angustia romántica, característica del momento literario y de las obras del dramaturgo Max Reinhardt. Y que permite reproducir las visiones oníricas que vuelan a través de la profundidad de la pantalla, huérfanas del tiempo. El film de Stellan Rye y Paul Wegener, presenta valores que se destacarán de los grandes clásicos expresionistas de los años 20. En este caso, el realizador no requiere de una decoración que deforme la realidad y nos empuje a las tinieblas sombrías, ya que el rodar en la vieja ciudad de Praga adquiría al escenario huellas de un tiempo enigmático.
La preocupación por el decorado y la atmósfera enigmática del cine alemán de la época ya se percibe en la película. Tanto Rye como Wegener, precisan que tan sólo son eficaces los movimientos sombríos, la expresividad del rostro y la discreción en la interpretación, ya que todo lo demás, mostrado en la pantalla resulta gratuito y en ocasiones fortuito por el movimiento natural del actor.
La Alemania de la época, prefiere la oscuridad de las penumbras a la claridad de la luz. Así lo dicta Oswald Spengler en su manifiesto Decadencia de Occidente, donde se exalta la bruma, el enigmático claroscuro, y la triste soledad. Un espacio irreal anhelado por “el alma faustiana” del individuo indoeuropeo, y del propio Spengler, atraído por el protestante color marrón de las obras de Rembrandt. Considera que, al ser excluido de la ristra del arco iris, ha de ser nombrado como el matiz del alma. Como buen alemán, Rembrandt persigue el lado oscuro del individuo, y el momento crepuscular donde la luz se mezcla con la nada.
Hasta la aparición de El Gabinete del Doctor Caligari, son pocas las representaciones del cine alemán de la época. El Golem (1914), segundo trabajo de Wegener se presentó como un alegato expresionista, o al menos, así lo quiso siempre el realizador. Los decorados, comparados con la estética de Caligari, distan mucho del tono pictórico que marca la escenografía de la obra de Robert Wiene. Pero aún así, rodada en interiores, la clave de la iluminación originaria de Reinhardt es clara, con pequeñas lámparas que iluminan personajes sumergidos en la oscuridad. Luces cálidas que inundan los interiores y modelan rostros ancianos como en los cuadros de Rembrandt.
Además de las claras referencias pictóricas, el expresionismo es un movimiento característico de una personalidad, de un sentimiento, y para analizarlo en su conjunto, se ha de recurrir a declaraciones literarias. Es la vanguardia que muestra la visión del pensador, ya que éste no ve, sino imagina las cosas. El artista expresionista, ya sea en el campo literario, plástico o cinematográfico, es eminentemente creador y no receptivo, como podría considerarse a los seguidores de las vanguardias de preguerra. Se persigue la lógica y la significación por encima de la estimulación momentánea al observar la obra del artista. Las ilusiones de los recientes expresionistas vieron en el cine el vehículo perfecto para representarse, por lo que el estado de ánimo, en ocasiones confuso, tendría toda la continuidad que impide la pintura y la fotografía.
Jaime Rivero Moro